Cuando entras al teatro de la Fundació Joan Brossa, te encuentras con una partida de petanca. Tres hombres y una mujer están jugando. Seguramente, el gran público no los conoce, pero son una especie de dream team de la creación contemporánea barcelonesa: Clara Aguilar (músico, diseñadora de sonido, miembro de los VV.AA., colaboradora habitual de Marcos Morau), Marc Salicrú (escenógrafo, diseñador de sonido y luz, miembro de los VV.AA., artista independiente), Albert Pérez Hidalgo (fundador de Atresbandes, actor de El Conde de Torrefiel) y Ferran Dordal (dramaturgo, Agrupación Señor Serrano, La Ruta 40), autor y director de este Weltschmerz (títol provisional), una propuesta que desprende la fina ironía característica de Dordal. ¿El objetivo? Describir el espíritu de su tiempo, algo que es un reto extremadamente complejo.
A través de diferentes vías, Dordal nos irá explicando la historia de esta pieza de encabezado dudoso que hace referencia al concepto romántico del dolor del mundo, es decir, a la pesadez existencial que deben soportar aquellos que intentan sumergirse en el alma humana. Todo gira en torno al mismo título, a cómo llega a él, a cómo lo enfrenta, mientras vive: parejas, vecinas, trabajos, la escritura, el consumo de energía mundial... Mientras tanto, los cuatro amigos juegan a la petanca y de vez en cuando cogen el micrófono para contarnos la historia, para sustituir una voz en off y la proyección del texto en una pantalla.
La mirada de Dordal desprende un cierto escepticismo
El desafío es grande y la respuesta de Dordal no es nada banal. ¿Quiénes somos? ¿Qué es este mundo que habitamos? ¿Qué pintamos aquí? ¿Qué peso tiene en nosotros la mirada de los demás? Cuatro preguntas que están en el orden del día. Sartre, hace más de medio siglo, ya dejó claro que el drama de la "mirada" es la reciprocidad, porque miramos tanto como las otras personas nos miran, juzgamos al mismo tiempo que los demás nos juzgan. Y en el control de la mirada, en su perversión, en la capacidad de influir en ella, está el poder.
Por eso habla del consumo de datos, de la veracidad de lo que nos tragamos y de los terrenos seguros a los que podemos ir ciegos. Por eso tenemos a Aguilar, Salicrú, Pérez y el propio Dordal divididos en dos equipos jugando a la petanca durante una hora y media, expuestos, felizmente luchando por acercarse lo máximo posible al boliche. Hay poca emoción, porque este es un juego, realmente, que pide calma y concentración.
La mirada de Dordal desprende un cierto escepticismo, pero sabe retirarse a tiempo y dejar que el relato fluya, que pase del drama a la estética, de la cotidianidad a la conceptualización histórica. Aquí vuelve a demostrar que es un muy buen director y que, como dramaturgo, es un autor diferente, más germánico que anglosajón, ya que deja el primer plano, siempre a favor de la función. Hay un ego pequeño en Weltschmerz (título provisional), y muchas dudas irresueltas.
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